viernes, 14 de agosto de 2009

Informe: El primer disco de by Gustavo



Iban a llamarse Earth…

Pocas son las veces en que un disco o un grupo han cambiado el rumbo de esa música diabólica conocida como rock and roll. Seguramente se podrán contar con los dedos de la mano: Chuck Berry, Elvis, Beatles, Led Zeppelin, Sex Pistols< ,>Guns ‘n’ Roses, algún grupo de Seattle… Unas veces su importancia se engloba dentro de un fenómeno social, otras en una nueva corriente musical, en otras ocasiones ambas circunstancias se fusionan en un solo disco. Black Sabbath es uno de esos grupos.

A finales de los años 60, en un mundo convulso (sí, esta es una introducción clásica, por lo visto no se puede decir 60’s sin decir convulso) mientras los Beatles daban sus últimos coletazos de genialidad, los Stones comenzaban una nueva etapa que les llevaría hacía el megaestrellato y una calidad compositiva dionisíaca, y el hippismo dominaba los charts. El amor libre, la revolución estudiantil, las drogas, la edad de Acuario… todo estaba allí. Un movimiento que dio momentos inolvidables para el rock, pero que, también hay que decirlo, podía llegar a ser también bastante cargante.

Muchas veces se ha dicho que el movimiento hippie acabó cuando Charles Manson demostró que el mundo seguía siendo horrible. Y si el hippismo acabó así en los USA, en Europa iba a acabar con un grupo inglés surgido de las cloacas del Reino Unido, Birmingham.

Tal vez podríamos decir que Birmingham fue el Detroit británico, aunque un solo grupo copó toda la atención.

Seguramente en una ciudad bajo un cielo gris que nada tenía que ver con la soleada California, y donde la tasa de paro era bastante elevada, cuatro muchachos malcarados de pelo largo no debían de tener muchas ganas de ponerse flores en el pelo.

Black Sabbath nacieron en 1968 de la disolución de dos grupos donde militaban Tony Iommi (guitarra) y Bill Ward (batería) por una parte y Ozzy Osbourne (cantante) y Geezer Butler (bajo) por otra. Tras un fugaz paso de Tony Iommi por Jethro Tull (¡extraña combinación de nombres!) en el circo stoniano estos cuatro pseudo hippies se unieron bajo la bandera del blues y el jazz para crear música y dar conciertos en pubs y salas.

El jazz fue una influencia bastante palpable en los primeros discos de Black Sabbath. No en vano Iommi decidió continuar tocando la guitarra tras su famoso accidente que le seccionó parte de los dedos tras conocer de la existencia de Django Reindhart (o al menos eso dice la leyenda). Y desde luego esa fue una decisión por la que nunca estaremos lo suficientemente agradecido.

Bajo el nombre de Earth dieron sus primeros conciertos a caballo entre Birmingham y Londres, llegando incluso a tocar en el famoso Star Club de Hamburgo, donde los Beatles se formaron como banda.

Debido a que al parecer existía otro grupo con el nombre de Earth, y que por lo visto hubo alguna confusión que otra, la banda decidió cambiar su nombre. Dice la leyenda (aunque creo que esta historia ha sido confirmada) que fue Geezer Butler quién bautizó a la banda con el nombre de una película de terror de Boris Karloff que había visto en un cartel: BLACK SABBATH. El apocalíptico nombre desde luego es de esos que hacen historia.

También cuenta la historia que Iommi fue de los primeros guitarristas en poner dos cabezales de guitarra juntos, uno encima de otro, para así lograr el volumen suficiente para acallar y llamar la atención del público de sus inicios (generalmente en un estado de ebriedad galopante).

Pero vamos a lo que mas nos interesa, el primer disco de Black Sabbath. Fue un 16 de octubre de 1969 cuando la banda entró en los Regent Sound Studios de Londres para plasmar en vinilo las canciones que habían trabajado durante los últimos meses tocando de sala en sala.

Si Elvis es el rey del rock and roll y James Brown el padrino del soul, para mí no hay duda alguna de que Black Sabbath son los padres del heavy metal. A veces se ha dicho que la paternidad se ha de compartir con Deep Purple y Led Zeppelin. Bueno, aunque las etiquetas son cosas muy subjetivas, yo creo que cuando hablamos de heavy metal (y todos sabemos la clase de riffs que nos vienen a la mente cuando pensamos en eso) hablamos de las primeras notas de “Black Sabbath”, la canción homónima del grupo.

“Black Sabbath” es la canción que abre el primer disco del grupo, y aquí he de hacer un inciso para hablar de la portada. En este mundo tecnológico cada vez se da menos importancia a las portadas. Pero para aquellos que amamos el vinilo (y esta particular reseña se basa en la edición en vinilo, la europea para más señas), escuchar el sonido de lluvia que abre la canción y contemplar a la mujer en el bosque enfundada en negro delante del caserón (en realidad un molino en el Támesis) puede ser algo sobrecogedor. Y bien, si la mujer estaba allí de verdad o no al tomar la foto, eso lo dejo al criterio de cada uno. Pero fue una publicidad de lo más efectiva.

Como decía, en opinión de este que escribe, “Black Sabbath” resume lo que podría considerarse heavy metal. Tras una intro con sonido de lluvia y rayos y unas campanas tétricas, entra la banda al unísono con un riff lento, pesado, disonante, que desde luego poco tenía que ver los Monkees. El impacto inicial baja en intensidad mientras la guitarra va quedando en primer plano, acompañada levemente por bajo y batería. Entonces la característica voz aguda de Ozzy (¿qué decir de él a estas alturas?) rompe a contratiempo hablando sobre una amenazante figura negra.

Si bien es cierto que el diablo ha servido de inspiración para el arte en multitud de ocasiones (y conocida es la estrecha relación entre lo oculto y el blues, por poner un ejemplo) nunca fue tan bien aprovechado ese cliché como por esta banda. Un grupo que llevaba cruces invertidas (al parecer idea del manager que listo como era quiso enfatizar esa imagen del grupo) y cantaba sobre figuras negras mientras Ozzy gritaba desesperado “Oh no” y “please God help me” era desde luego de todo menos convencional.

Una vez que Ozzy ha sido finalmente poseído entre llamas, la canción da un giro brusco (algo que sería marca de la casa, pocos grupos han combinado los riffs de una manera tan magistral) para que Iommi acelere el ritmo con un pequeño punteo jazzístico mientras bajo y batería comienzan a cabalgar un pesado ritmo de boogie rock. Y para aquellos que gustan de encontrar errores en películas y discos, decir que este disco fue grabado en dos días (¡dos días nada menos!) y se puede escuchar un pequeño error de Iommi en esta última parte, más alguno más que hay por ahí. Pero, ¿en verdad le importa a alguien?

El sonido cortante de los agudos de Iommi (otra marca de la casa) durante el solo final desde luego estaba adelantado a su tiempo. Y esos golpes entrecortados al final… No se puede empezar un disco de mejor manera.

Un sonido de armónica digno de una película de Sergio Leone sirve para abrir el siguiente tema del disco, “The Wizard”, una canción con una de las letras más estúpidas de la historia, pero que te hace mover la cabeza irremediablemente.

Y cuando se dice por ahí que Bill Ward es uno de los mejores baterías de la historia, no hay manera más fácil de probarlo que escuchando atentamente la cantidad de golpes, ritmos enloquecidos, y yo que sé qué más que introduce el señor William en esta canción. Prácticamente todo el peso de la canción recae sobre los hombros (o quizás muñecas y pies) de mr. Ward, quien completa los espacio de forma magistral tirando mano de jazz, blues esquizoide y viejo rock and roll. Black Sabbath demostraban que eran una máquina (ya por entonces) perfectamente engrasada, un grupo con uno de las mejores bases rítmicas de la historia.

Ya que si por un lado teníamos a Ward soplando en las velas de forma salvaje, precisa y contundente, por otro nos encontrábamos con Terence “Geezer” Butler como experto navegante, en mi opinión uno de los maestros de las cuatro cuerdas.

En el siguiente corte, “Behind the wall of sleep”, la banda al completo rompe acercándose un poco más a la música negra de los tugurios mafiosos, destacando el rasgueo de guitarra de Iommi y el sonido profundo del bajo de Bill Ward (esta intro se conoció en los USA como “wasp”. Tras un pequeño puente, Ward se queda solo durante unos momentos para dar entrada a otro característico riff sabático.

La canción se completa con uno de los mejores solos del disco y un “outro” con una de mis partes favoritas de la discografía del grupo: Ward sigue con un sencillo ritmo de batería donde introduce pequeños cambios (muy simple, pero me encanta), para dar paso a un solo de Geezer Butler de los que marcan época. El motor de los Sabbath daba miedo.

Mientras el solo de Butler se va perdiendo en la distancia, se abre la puerta para el último corte de la cara A, “N.I.B”. A pesar de lo que algunos piensan, N.I.B. no significa “nativity in black”, venía del apodo que le daban sus compañeros a la barba de Ward (el porqué de estas cosas no lo sé, tal vez haya que buscar la respuesta en “Sweet leaf”).

El sucio bajo de Geezer machacando el riff principal nos da la bienvenida a una de las canciones más aclamadas de los Sabbath. En sus conciertos nunca falta un solo de Butler, seguido de esta preciosa donde canción donde todos bailan al ritmo del hierático riff que introduce Ward. Por otro lado los lamentos de Osbourne en el estribillo son de lo mejor que ha cantado este hombre. Las afiladas notas de Iommi marcan el final de la canción y de la primera cara del disco.

Se daba inicio a la cara B con dos canciones, dependiendo de la edición que uno manejara. En la versión norteamericana la canción “Wicked World”, sin duda el mejor ejemplo del batiburrillo que manejaba este grupo en sus comienzos (jazz, blues, r&b), era la elegida para abrir la segunda parte del vinilo. En la edición europea, por otra parte, nos encontrábamos con “Evil woman”. Hoy día con las ediciones en CD no hay problema alguno, ya que ambas canciones están incluidas.

“Evil woman” (o “evil woman don’t you play your games with me”) era la primera de los dos versiones que los Sabbath incluyeron en su debut. La canción pertenecía al grupo de blues-rock de Minneapolis Crow, y en los USA tuvo cierto éxito. La versión de Iommi y compañía, más oscura (perdóneseme la obviedad), apenas tenía una reminiscencia de los vientos que dominaban la original en la intro de la canción. Aunque curiosamente la canción original debió sonar parecida a la de BS en un principio, ya que loso añadidos de viento fueron añadidos, al parecer, contra los deseos de Crow.

De nuevo el peso de la canción recae sobre Ward y Butler. Mientras uno golpea los platos y juguetea con ellos, Butler nos llena los sentidos con su bajo cavernoso. El estribillo es pegadizo, y los jugueteos con los tonos hacen de esta canción otro clásico en la discografía de los de Birmingham.

La primera imagen que me viene cuando escucho “Sleeping village” es la de un cowboy con poncho à là Eastwood cabalgando lentamente mientras entra en algún pueblo cercano a la frontera de Méjico. El sonido Morricone nos deja caer en los brazos de un riff donde el jugueteo de Iommi con los overdubs de guitarra comienza a percibirse. Esta técnica la ira desarrollando con el tiempo, convirtiéndose también en en marca de la casa. Como también lo son las dos guitarras que solean al unísono sobre un rápido trote de Ward y Geezer. El último riff se convierte en un feedback que enlaza con la siguiente canción, “Warning”, de una forma tan simple y efectiva que sin darse cuenta uno podría creer que es la misma canción.

“Warning”, canción que cierra el disco, es la segunda versión que nos brinda el grupo. Se trata de una canción de Aynsley Dunbar Retaliation, el grupo del que más tarde sería batería de Journey.

Ozzy llena de sentimiento el tema, y quizás sus detractores cambiarían de opinión si escucharan este disco. Aunque también me encanta el Ozzy más gritón, siempre me gusta volver a escuchar este álbum y disfrutar con el madman en su estado más puro y bluesy.

En fin, qué cabe decir de esta canción. La guitarra de Iommi impregna todos los surcos, y ese cambio a mitad de recorrido, con la banda ralentizándose para dejar que el hombre de los grandes bigotes marque la reentré… ¡uff! Pone los pelos de punta, y no sólo los pelos, creedme. Por si esto no fuera todo, tras dos minutos de pieza instrumental, la banda se va apagando… hasta que Tony Iommi se queda en terreno de nadie para explayarse a gusto durante casi tres minutos. Algo similar a lo que hizo en “FX”, pero sin tanto efecto ni psicodelia. Y cuando ya parece que todo ha acabado, los muy cabrones nos devuelven de un puñetazo al riff inicial, y acabar en el estribillo mientras Ozzy nos deja caer ese “just a little bit too strong” y la banda exhala su último suspiro.

Porque la sensación que uno le queda tras escuchar este álbum de debut es que podría venir la muerte y sería bienvenida; “Black Sabbath” es un disco tan jodidamente bueno que a poco más uno ya lo ha hecho todo en esta vida. “Solo puedes confiar en ti mismo y en los 6 primeros discos de Black Sabbath”. Bien, este es el primer paso que uno debe dar para ganarse la confianza absoluta.

Gustavo